Lo que comes construye tu cerebro: la desnutrición infantil y sus efectos sobre el aprendizaje
Cuando pensamos en un niño que no rinde bien en la escuela, solemos imaginar razones como falta de atención, dificultades emocionales o poco apoyo en casa. Rara vez pensamos en lo que ese niño comió —o dejó de comer— en los últimos meses. Sin embargo, la evidencia científica es clara: la alimentación en la infancia no solo determina el crecimiento físico, sino también el desarrollo del cerebro y la capacidad de aprender.
Una tesis doctoral desarrollada por la Dra. Verónica Portillo Reyes, investigadora de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ), exploró durante varios años la relación entre el estado nutricional de niños mexicanos entre 8 y 12 años y su desempeño neuropsicológico. Sus hallazgos iluminan algo que muchos adultos —padres, maestros, tomadores de decisiones— aún no tienen claro: la desnutrición, incluso en grado leve, deja huellas medibles en el cerebro que pueden afectar el rendimiento escolar y el comportamiento de los niños.
El cerebro en construcción permanente
Durante la infancia y la adolescencia, el cerebro no es un órgano ya formado que simplemente se usa. Es una estructura que sigue madurando activamente, y para ese proceso necesita materia prima: glucosa, proteínas, hierro, ácido fólico, ácidos grasos esenciales, zinc, vitaminas del complejo B, entre otros. Cuando esos nutrientes escasean, el cerebro no puede desarrollarse con plenitud.
Las zonas más sensibles a este déficit son precisamente las que maduran más tarde: la corteza frontal y prefrontal —responsable de la función ejecutiva, la planeación y el control de impulsos— y el hipocampo, clave para el aprendizaje y la memoria. Es decir, las áreas que más importan para un niño que está aprendiendo a leer, resolver problemas matemáticos o seguir instrucciones.
Lo que encontró la investigación en Ciudad Juárez
El estudio de la Dra. Portillo Reyes evaluó a niños de escuelas primarias en zonas de nivel socioeconómico bajo de Ciudad Juárez, controlando variables como el nivel educativo e inteligencia de la madre y el estatus económico del hogar, para aislar el efecto específico del estado nutricional. Los resultados mostraron que los niños con desnutrición leve a moderada presentaban un desempeño significativamente peor en tareas de función ejecutiva —especialmente en control de impulsos e inhibición— comparados con niños bien nutridos del mismo entorno.
Además, la función ejecutiva deteriorada se relacionaba directamente con un peor rendimiento académico. En otras palabras, los niños que comían mal no solo eran más impulsivos o menos capaces de concentrarse: eso se traducía en calificaciones más bajas, en más ausentismo, en una trayectoria escolar más difícil.
No es solo en México
Este patrón está documentado en múltiples contextos. Una revisión sistemática publicada en Nutrition Research Reviews de Cambridge University Press concluyó que la desnutrición grave altera el desarrollo cognitivo, conductual y motor en el corto plazo, y en el mediano y largo plazo se traduce en menor coeficiente intelectual, menor rendimiento académico y menor capital humano, particularmente en países de ingresos bajos y medios. Cambridge Core
Un estudio longitudinal publicado en PMC que siguió a más de 1,500 niños durante ocho años encontró que la desnutrición a los tres años de edad se asoció con un rendimiento cognitivo más pobre a los once años, de manera independiente a la adversidad psicosocial, lo que sugiere un efecto directo de la nutrición sobre el desarrollo cognitivo a largo plazo. PubMed Central Más aún, ese estudio encontró una relación dosis-respuesta: cuantos más indicadores de desnutrición presentaba un niño, mayor era el déficit cognitivo observado años después.
La ventana de oportunidad sigue abierta más tiempo del que creíamos
Durante mucho tiempo, la ciencia se enfocó casi exclusivamente en los primeros dos años de vida como el período crítico para la nutrición y el desarrollo cerebral. Esta tesis, como otras investigaciones recientes, desafía ese límite. La corteza prefrontal —responsable de las funciones ejecutivas que tanto importan en la escuela— sigue madurando hasta la adolescencia. Eso significa que intervenciones nutricionales después de los primeros años de vida aún pueden tener impacto.
Esta es una noticia esperanzadora. No significa que el daño previo sea irrelevante, sino que el cerebro conserva cierta plasticidad y que alimentar bien a un niño en edad escolar todavía hace diferencia.
¿Qué tiene que ver esto con la vida cotidiana?
Más de lo que parece. Cuando un niño no desayuna, tiene dificultad para concentrarse durante las primeras horas de clase. Cuando su dieta es pobre en proteínas, hierro o ácidos grasos esenciales semana tras semana, el impacto no es solo de un día: va acumulándose en la arquitectura del cerebro que ese niño necesita para aprender, relacionarse y regularse emocionalmente.
En zonas como Ciudad Juárez, donde coexisten la desnutrición y la obesidad —dos caras de la misma crisis alimentaria—, entender este vínculo es urgente. No se trata solo de que un niño pese menos de lo esperado. Se trata de lo que ese déficit le cuesta a su cerebro, a su escuela, a su futuro.
Este contenido es informativo y no reemplaza la valoración de un profesional de salud o nutrición.