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¿Por qué algunos niños comen más frutas y verduras que otros?

Cuando pensamos en alimentación infantil, muchas veces la conversación se reduce a una recomendación sencilla: “hay que comer más frutas y verduras”.

Pero entre conocer esa recomendación y convertirla en un hábito existe un proceso mucho más complejo. ¿Al niño le gusta ese alimento? ¿Está disponible en casa? ¿Sus padres lo consumen? ¿Puede conseguirlo en la escuela? ¿Siente que es fácil incorporarlo a su vida diaria? ¿Prefiere otros alimentos cuando tiene hambre?

Estas preguntas forman parte de un área importante de la investigación en salud: comprender qué factores personales y ambientales influyen en nuestras conductas. Una investigación realizada en Ciudad Juárez analizó precisamente este problema en población escolar.

Un estudio realizado con niños de Ciudad Juárez

Investigadores evaluaron la versión mexicana del cuestionario Pro Children Project, un instrumento diseñado para estudiar factores psicosociales relacionados con el consumo de frutas y verduras.

Participaron 957 escolares de ocho escuelas primarias de Ciudad Juárez, Chihuahua, principalmente de quinto y sexto grado. El cuestionario se aplicó en dos ocasiones, con un intervalo de 12 a 14 días, para estudiar también qué tan confiables eran sus mediciones.

Lo interesante es que los investigadores no se limitaron a preguntar “¿cuánta fruta comes?”. También estudiaron diferentes factores que podrían ayudar a explicar por qué un niño come —o no come— determinados alimentos.

1. Lo que le gusta al niño importa

Uno de los factores estudiados fueron las preferencias. Esto parece evidente: es más probable que una persona coma algo que le gusta. Sin embargo, medir científicamente estas preferencias permite estudiar cuánto contribuyen al comportamiento alimentario.

El cuestionario preguntaba, por ejemplo, cuánto les gustaban diferentes frutas como plátano, naranja, fresa, papaya, mango o piña, y verduras como zanahoria, brócoli, espinaca o calabacita. En el análisis, las preferencias mostraron asociaciones positivas con la frecuencia de consumo tanto de frutas como de verduras.

Esto tiene una consecuencia práctica importante: promover una alimentación saludable no significa únicamente decir qué alimentos deben comerse; también implica trabajar con las preferencias y experiencias del niño.

2. Sentir que “puedo hacerlo” también cuenta

El estudio incluyó un conjunto de variables que los autores agruparon dentro de las habilidades cognitivas relacionadas con el consumo. Entre ellas estaban cuánto considera el niño que consume fruta o verdura, si le resulta fácil comerlas diariamente, si quiere consumirlas, si considera que ya forman parte de sus hábitos y si siente que puede hacerlo cuando toma la decisión.

Estas variables mostraron algunas de las asociaciones más fuertes con la frecuencia de consumo: una correlación de 0.51 para fruta y 0.60 para verdura.

Esto no significa que una sola característica determine lo que come un niño. El estudio es correlacional y, por tanto, no demuestra por sí mismo una relación de causa y efecto. Sí sugiere, sin embargo, que la alimentación está relacionada con algo más que tener información nutricional.

Las decisiones, los hábitos, la percepción de facilidad y la confianza para realizar una conducta también forman parte del problema.

3. Las barreras pequeñas pueden tener un efecto importante

Otra dimensión evaluada fue la percepción de barreras. Y algunas de esas barreras eran sorprendentemente cotidianas: tardar mucho tiempo en comer la fruta, preferir dulces o papitas cuando aparece el antojo, o considerar que la fruta es difícil de llevar a la escuela.

La percepción de barreras presentó una asociación negativa con el consumo de fruta y verdura: cuanto mayores eran las barreras reportadas, menor tendía a ser el consumo.

Esto introduce una idea útil para padres, maestros y profesionales de la salud: a veces el problema no es convencer al niño de que un alimento es saludable; es hacer que la opción saludable sea más fácil.

Preparar fruta para llevar, tenerla accesible o reducir obstáculos aparentemente pequeños puede modificar el contexto en el que ocurre la decisión.

La familia también forma parte de la alimentación

Los hábitos no se desarrollan en aislamiento. Los investigadores estudiaron lo que denominaron modelamiento, es decir, el aprendizaje que puede ocurrir al observar el comportamiento de otras personas.

El cuestionario preguntaba si la madre y el padre consumían frutas o verduras y si animaban al niño a comerlas. El modelamiento familiar también se relacionó con el consumo: la correlación fue de 0.24 para fruta y 0.35 para verdura.

No son asociaciones tan grandes como las encontradas para algunas variables personales, pero ayudan a mostrar que lo que ocurre alrededor del niño también importa. Decir “come verduras” y ver regularmente a los adultos comer verduras no son exactamente la misma experiencia.

No podemos comer lo que no está disponible

El estudio también evaluó un elemento especialmente concreto: la accesibilidad de los alimentos. Para el hogar, se preguntaba si había diferentes frutas o verduras disponibles, si estaban presentes las que le gustaban al niño y si los padres estarían dispuestos a comprarlas cuando el menor las solicitara. También se estudió la posibilidad de conseguirlas en la escuela y en otros lugares donde los niños pasan su tiempo.

La accesibilidad en casa mostró una correlación de 0.27 con el consumo de fruta y 0.48 con el consumo de verdura. La accesibilidad escolar mostró asociaciones más pequeñas: 0.14 y 0.30, respectivamente.

La interpretación debe hacerse con cautela: estas cifras indican asociaciones, no demuestran causalidad. Pero ilustran una idea sencilla: la elección individual ocurre dentro de un entorno. Es difícil convertir un alimento en un hábito si rara vez está disponible.

Entonces, ¿qué determina lo que come un niño?

La investigación sugiere que no existe una sola respuesta. El consumo de frutas y verduras está relacionado con una combinación de preferencias personales, hábitos y percepciones, barreras, comportamiento familiar y disponibilidad de los alimentos.

Los autores encontraron que los factores personales mostraban, en general, asociaciones de moderadas a buenas con el consumo, mientras que las asociaciones de varios factores ambientales eran más pequeñas, aunque también significativas. Esto es precisamente lo que hace interesante estudiar la conducta humana: rara vez nuestras decisiones dependen de una sola variable.

De “come saludable” a crear condiciones para comer saludable

Una posible lección de esta investigación es que las estrategias de promoción de la salud pueden ir más allá de proporcionar información. En lugar de limitarnos a decir “los niños deben comer más frutas y verduras”, podemos hacer preguntas diferentes.

¿Están disponibles en casa? ¿Son fáciles de llevar a la escuela? ¿El niño ha tenido oportunidad de probar distintas opciones? ¿Qué alimentos consumen habitualmente los adultos que lo rodean? ¿Qué obstáculos percibe el propio niño? ¿Qué conductas ya se están convirtiendo en hábito?

Comprender estas variables permite pasar de una recomendación general a una visión más completa del comportamiento.

Investigación hecha en nuestra comunidad

Otro aspecto relevante de este trabajo es que fue realizado directamente con población escolar de Ciudad Juárez.

Los autores señalaron que una de las limitaciones era utilizar una muestra por conveniencia, por lo que los resultados no deben generalizarse automáticamente a todos los niños mexicanos. También propusieron realizar estudios posteriores con muestras representativas de otras regiones del país.

Esta cautela es parte del propio proceso científico. Una investigación no tiene que responder todas las preguntas para resultar útil. Muchas veces su función es proporcionar evidencia inicial, identificar relaciones y generar mejores preguntas para los siguientes estudios.

Sobre esta investigación

El estudio “Fiabilidad y validez de la versión mexicana del cuestionario Pro Children Project” fue publicado en Nutrición Hospitalaria en 2014.

Participaron Gerardo Ochoa-Meza, Juan Carlos Sierra, Carmen Pérez-Rodrigo, Javier Aranceta Bartrina y Óscar A. Esparza-Del-Villar. El trabajo evaluó la confiabilidad y validez de un instrumento destinado a estudiar factores personales y ambientales relacionados con el consumo de frutas y verduras en población escolar mexicana.

Los autores concluyeron que la versión mexicana mostraba propiedades suficientes de fiabilidad y validez para la evaluación global de estos factores en escolares.

Referencia

Ochoa-Meza, G., Sierra, J. C., Pérez-Rodrigo, C., Aranceta Bartrina, J. y Esparza-Del-Villar, Ó. A. (2014). Fiabilidad y validez de la versión mexicana del cuestionario Pro Children Project. Nutrición Hospitalaria, 30(2), 293–300. https://doi.org/10.3305/nh.2014.30.2.7595

Retrato de Gerardo Ochoa Meza, PhD
Investigación de

Gerardo Ochoa Meza, PhD

Psicólogo y profesor-investigador de la UACJ. Trabaja en psicología de la salud, estrés, experiencias adversas, salud mental, metodología y validación de instrumentos.