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Infografía en español sobre la función ejecutiva infantil y cómo la desnutrición puede debilitar habilidades como planear, concentrarse, controlar impulsos y cambiar de estrategia, con ilustración central de un niño y banner de la UACJ.

La función ejecutiva: el superpoder del cerebro que la desnutrición puede debilitar

Planear, concentrarse, controlar impulsos, cambiar de estrategia cuando algo no funciona, inhibir distracciones. Todo eso es la función ejecutiva, un conjunto de capacidades cognitivas gestionadas principalmente por los lóbulos frontales del cerebro. Y es, quizás, el conjunto de habilidades más importante para el éxito escolar y social de un niño.

La investigación de la Dra. Verónica Portillo Reyes de la UACJ exploró específicamente cómo la desnutrición leve afecta la función ejecutiva en niños de 8 a 12 años de Ciudad Juárez. Los resultados revelan algo que la escuela y las familias deberían conocer: la desnutrición no es solo un problema físico. Es también un problema neuropsicológico que se manifiesta, entre otras cosas, en el funcionamiento ejecutivo de los niños.

¿Qué es exactamente la función ejecutiva?

Imagina que la función ejecutiva es el “director de orquesta” del cerebro. Es la que permite que un niño escuche las instrucciones de la maestra sin distraerse con el ruido del patio. La que le permite terminar una tarea aunque no tenga ganas. La que le ayuda a resolver un problema de otra manera cuando su primer intento falla. Y la que frena el impulso de pegar a un compañero cuando algo lo frustra.

Esta función se desarrolla gradualmente durante la infancia y la adolescencia, y su período más crítico para algunos componentes —como el control de impulsos— ocurre entre los 8 y los 12 años. Precisamente la edad que estudió esta investigación.

Lo que encontró el estudio

El estudio comparó a 52 niños con desnutrición leve a moderada y 26 niños con nutrición normal, todos de nivel socioeconómico bajo y del mismo contexto en Ciudad Juárez. Se aplicaron pruebas específicas para medir tres componentes de la función ejecutiva: actualización (memoria de trabajo y razonamiento abstracto), inhibición (control de impulsos) y flexibilidad cognitiva (capacidad de cambiar de estrategia).

El resultado más claro fue en el componente de inhibición: los niños desnutridos de entre 9 y 12 años mostraron peor desempeño en tareas de control de impulsos comparados con sus pares bien nutridos de la misma edad. En términos simples, les costaba más frenar una respuesta impulsiva cuando la situación lo requería.

Además, se encontró que el rendimiento en pruebas de función ejecutiva se correlacionaba directamente con el desempeño académico en los niños desnutridos, pero no en los bien nutridos. Esto sugiere que, para los niños con déficit nutricional, la capacidad cognitiva ejecutiva tiene un impacto más visible sobre cómo les va en la escuela.

La edad importa: no todos los niños son iguales

Un hallazgo importante del estudio fue que los efectos dependían de la edad. Los niños de 8 años, tanto desnutridos como bien nutridos, mostraron peor desempeño en varias pruebas ejecutivas —lo cual es esperable, ya que el cerebro todavía está madurando a esa edad. El problema específico de la desnutrición se hizo visible con más claridad en el grupo de 9 a 12 años: los niños desnutridos de esa edad no alcanzaban el nivel de desarrollo de sus pares bien nutridos.

Esto es relevante porque señala algo que la ciencia ha confirmado en otras investigaciones: los efectos de la desnutrición sobre el cerebro no son los mismos en todas las etapas. Y hay períodos críticos donde esos efectos son especialmente pronunciados.

Una revisión publicada en PMC sobre cognición en niños con desnutrición crónica encontró que la desnutrición afecta de manera especialmente severa el desarrollo de la atención, la flexibilidad cognitiva, la memoria de trabajo y las funciones visoespaciales, que son precisamente las que están en rápido desarrollo durante la infancia escolar. PubMed Central

La impulsividad que nadie entiende

Cuando un niño desnutrido actúa de forma impulsiva en el salón de clases, interrumpe, no puede esperar o tiene dificultad para seguir instrucciones, lo que generalmente ocurre es que el maestro lo corrige, los padres lo regañan, y nadie pregunta qué hay detrás de esa conducta.

Pero la investigación sugiere que en algunos niños, esa dificultad para inhibir impulsos puede tener un componente neurológico relacionado con el estado nutricional. No es capricho ni mala crianza: puede ser un cerebro que no ha tenido los nutrientes necesarios para desarrollar plenamente su sistema de control conductual.

Esta perspectiva no elimina la responsabilidad de educar y poner límites, pero sí invita a una mirada más compasiva y completa sobre por qué algunos niños se comportan como se comportan.

Implicaciones para la escuela y la familia

El estudio de la UACJ concluye señalando algo práctico: los programas de nutrición escolar no son solo una cuestión de salud pública, sino también una inversión en el aprendizaje y en el comportamiento. Un niño bien nutrido tiene más herramientas cognitivas para responder a las demandas del salón de clases.

Identificar a niños con problemas nutricionales en la escuela, ofrecer desayunos adecuados, y diseñar intervenciones que conecten la salud y el aprendizaje son estrategias con evidencia científica detrás. No son gastos. Son inversiones en el capital humano de las próximas generaciones.

Veronica Portillo Reyes, PhD
Investigación de

Veronica Portillo Reyes, PhD

Doctora en Psicología y docente-investigadora en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Especialista en neuropsicología clínica, evaluación psicológica y bienestar universitario en la región fronteriza.